sábado, 29 de agosto de 2015

Jeanne Lanvin, la exposición.

Por José Luis Maseda



Con el verano a punto de acabar, también llega el final de los grandes eventos culturales como ha sido la estupenda exposición Jean Lanvin, homenaje a la fundadora de la casa que aún hoy lleva su nombre, y de la que queremos hablarte hoy. Y te aseguro que te va a interesar seguir leyendo.

 


El Palais Galliera, museo de la moda de la ciudad de París, ofrecía hasta esta semana la mejor alternativa a la playa que, dicho sea de paso no tenemos aquí, con una inteligente colaboración entre la firma Lanvin de la mano de su director artístico Alber Elbaz y el propio museo.

De esta manera, entre los archivos de la casa de costura y los tesoros que tienen guardados bajo mil llaves en el patrimonio del museo Galliera, se consiguió rescatar joyas de la historia de la moda que podíamos apreciar pero que muy de cerca, hasta el punto de sujetarte las manos para no tocar.
 
 
Si tuviese que citar algo negativo de la exhibición, sería la caprichosa y bastante sombría iluminación que junto a los reflejos en las vitrinas de los expositores no dejaba apreciar los detalles y las costuras tanto como yo lo hubiese deseado, pero vista la delicadeza y antigüedad de los tejidos, esas dos anécdotas son obligatorias para proteger tanta prenda de tantísimo valor. Se lo perdonamos.
 
 
Mademoiselle Jeanne debuta como modista en 1885, y abre su primera tienda cuatro años después antes de mudarse en 1893 al número 22 de la calle Faubourg Saint-Honoré, donde sigue teniendo su boutique hoy en día.
En 1897 un acontecimiento cambia su vida radicalmente y es que ese es el año en el que nace Marguerite, su única hija, y quien se convierte en su primera fuente de inspiración, musa y centro de todas y cada una de sus atenciones.
 
 
De esta manera Lanvin decide más tarde ampliar el ámbito de su creatividad y surge la idea de diseñar ropa para niños, línea creativa a la que seguirán a partir de 1920, año en el que se afilia al Sindicato de la Costura, otras áreas como la moda nupcial, la lencería, la peletería, la ropa deportiva, la masculina y hasta la decoración. Esto no nos sorprende ahora, pero fue totalmente vanguardista entonces.
Así y con semejante potencial creativo, comienza su expansión abriendo boutiques en las ciudades más cosmopolitas de su época, tales como Deauville, Biarritz, Cannes, Barcelona o Buenos Aires.
 
 
La marca es reconocida en todos esos lugares (y desde entonces en todo el mundo) gracias a dos símbolos inequívocos de la misma: el color azul Lanvin y el logo de la maison.
El color fetiche de Jeanne Lanvin al que bautizaba en todas sus colecciones con nombres como azul vidriera, azul noche, azul noche, zafiro, índigo, lázuli, ultramar, lavanda, azul duro… etc… y que utilizaba en todos los soportes, no solo en las prendas sino también en las invitaciones, packaging, accesorios e incluso en la decoración, tal y como se aprecia en su propia habitación (conservada tal cual hoy en día en el Museo de Artes Decorativas parisino).
Por otro lado, el artista Armand-Albert Rateau fue el creador del logo de la marca, ya que para fabricar el frasco del famoso perfume Arpège en 1927 (creación que celebraba el decimotercero cumpleaños de su hija Marguerite), se inspiró en una fotografía de Jeanne agarrando de las manos a su hija en una fiesta de disfraces.
 
 
Libros de viaje, muestras de tejidos étnicos creados por ella misma, biblioteca de arte… Jeanne Lanvin no dejó de cultivar y alimentar su curiosidad, afortunadamente para nosotros, porque la exposición ofrece una bien nutrida muestra del savoir-faire de esta infatigable mujer, con la variedad de prendas que muestran la oposición de sus líneas (muy dieciochescas, con el busto ajustado, cinturas bajas y faldas con volumen) a las tendencias de la sociedad de entonces (prendas rectas, sueltas), pero también la fusión que realiza con el arte, como los -muérete de amor- bordados Art Déco, las geometrías o la cantidad de perlas, cristales, sedas y cintas que reparte con mucha inteligencia. Cargar la prenda sí, empalagar la vista nunca.
 
 
Famosos vestidos expuestos en su momento en el pabellón de la Elegancia de la Exposición Internacional de 1925 como son el “Lesbos” o el “Mille et Une Nuits”, otros con nombre propio como “La Diva”, “Colombine”, el sublime vestido de novia “Mélissande”, los abrigos “Lohengrin” o “Júpiter”, los sobrios vestidos de noche como “Sèvres”, “Concerto” o “Walkyrie” o la exquisitez del “Scintillante”… y así un no parar, como si no hubiese un mañana. Solo tienes que echar un vistazo a las fotos que ilustran esto que estás leyendo.
 
 
La intuición y esa inteligente manera de comprender el mundo moderno que la rodeaba, consiguieron e hicieron el éxito y el destino excepcional de esta discreta mujer.
En esta maravillosa última foto también expuesta, Jeanne Lanvin se esconde tímidamente detrás de sus propias manos. Nosotros utilizamos las nuestras para aplaudirle.